Reescritura de un relato histórico de Eduardo Acevedo Díaz
“La Boca del Tigre” (1890) y “La Cueva del Tigre” (1901). [1]
Estudio comparado
Germán García

Introducción
Publicado el 19 de agosto de 1890 en La Época de Montevideo con el título “La Boca del Tigre”, el relato de Eduardo Acevedo Díaz (1851–1921) tuvo dos nuevas apariciones en vida del autor, con intervalos de casi diez años: el 5 de mayo de 1901 en el semanario La Alborada, donde se presentó como “La Cueva del Tigre”, y en 1911, en la antología Épocas militares en los países del Plata, editada por el librero Martín García en Buenos Aires, esta vez bajo el título “Exterminio de una raza. La Boca del Tigre. Año XXXII”.
Pocas semanas después de la primera publicación, el 16 de septiembre, el coronel Modesto Polanco dio a conocer, en el mismo periódico, una carta abierta dirigida al escritor, en la que formuló diversas críticas al relato concernientes a las costumbres y personalidad de los charrúas. Estas observaciones tuvieron importantes repercusiones en Acevedo Díaz. La más inmediata fue la redacción del artículo “Etnología indígena: la raza charrúa a principios de este siglo” [2], publicado por primera vez el 1 de junio de 1891 en la Revista Nacional. Historia Americana, Literatura, Jurisprudencia, de Buenos Aires. En dicho texto, en clara respuesta a Polanco, el autor reafirmó sus anteriores aseveraciones y desarrolló algunas consideraciones sobre los grupos de charrúas a partir de los manuscritos de su abuelo, el brigadier general Antonio Felipe Díaz. Otra consecuencia se observa en las correcciones de algunos pasajes vinculados a los charrúas que incorporó en las segundas ediciones de Ismaely Nativa. En esta misma línea, las variantes —y también las permanencias— de las republicaciones de “La Boca del Tigre” pueden atribuirse, en buena medida y tal como lo observa Joaquín Figueira (1977a), a las críticas de Polanco.
Las tres versiones del relato, junto con “Etnología indígena” y los pasajes afines de Ismael y Nativa, pasan a integrar el amplio corpus de textos vinculados a las acciones militares de Rivera sobre el colectivo de charrúas y la represalia que culmina con la muerte de Bernabé Rivera. A estos materiales, preceden otros relatos estrechamente vinculados: la carta de Manuel Lavalleja dirigida a Manuel Oribe desde Cuaró (1848), los manuscritos sobre los charrúas incluidos en las Memorias del general Antonio Díaz, y los últimos dos artículos de la serie “Correspondencia a La Nueva Troya, escrita por Alejandro Dumas. Refutación” [3] (20 y 24 de enero de 1851). Todos ellos conforman un denso tejido intertextual en el que las diversas fuentes se superponen y dialogan.
Casi cincuenta años atrás, Joaquín Figueira se centró en el análisis de algunas variantes de este relato (Figueira, 1977a: 14) [4]. Es importante señalar, sin embargo, que esa versión inicial concentra las modificaciones más sustanciales, que luego se arrastran tanto en la segunda como en la tercera edición. En este trabajo señalamos dos aspectos derivados de elementos textuales que Figueira no consideró y que, hasta donde sabemos, no han sido estudiados. Para ello nos centraremos en la primera y la segunda publicación de “La boca (Cueva) del Tigre” [5], atendiendo a las modificaciones y permanencias que permiten obtener resultados novedosos: la evolución en el tratamiento de los conceptos de barbarie y salvajismo; el episodio de la muerte de Bernabé Rivera desde la versión de Acevedo Díaz, en contraste con las versiones de Modesto Polanco y el coronel Antonio Díaz (hijo). En relación con el primer aspecto, es necesario precisar que la bibliografía sobre la problemática civilización/barbarie es vasta y ampliamente consolidada. Un abordaje desde ese marco teórico excedería los límites y desviaría el enfoque del presente estudio. Por esta razón, nuestro análisis se circunscribe a los usos léxicos registrados en diccionarios de época, entendidos como repertorios de usos socialmente validados, es decir, de acepciones vigentes en el empleo cotidiano de la lengua y susceptibles de haber nutrido las elecciones léxicas del autor. Esta delimitación responde, así, a una decisión metodológica orientada a privilegiar el examen textual por sobre la discusión conceptual general.
Excluimos la tercera versión de 1911 porque, si bien mantiene el argumento, incorpora una ampliación considerable —nueve párrafos y cuatro notas— cuya lectura requiere un análisis que desborda los límites formales de este trabajo.
Reformulaciones vinculadas al salvajismo y la barbarie en el relato de 1890 y en el de 1901
En este apartado realizaremos una comparación discursiva entre las dos publicaciones del relato, atendiendo en particular al empleo de los conceptos salvajismo y barbarie, así como a la aparición de un tercer término —horda—, estrechamente vinculado a ellos. Luego intentaremos precisar el significado que estos vocablos tenían en la época mediante la consulta de las ediciones duodécima (1884) y decimotercera (1899) del Diccionario de la lengua castellana de la Real Academia Española, inmediatamente anteriores a las fechas de publicación del cuento [6]. Finalmente, a partir de las fuentes e influencias documentadas para la escritura de esta obra, procuraremos delinear el posicionamiento del autor respecto del salvajismo y la barbarie atribuidas a los charrúas, así como la evolución en el modo en que emplea dichos términos.
En la primera publicación, las palabras “bárbaro” y “barbarie”, aplicadas para designar al grupo de indígenas aparecen, cada una, en una ocasión: “Ya en el campo, los bárbaros recelosos y ariscos parecieron vacilar un momento” (Acevedo Díaz, 1977a: 252); “Aquel resto de barbariecoronó la loma” (Ibíd.: 256. Los énfasis nos pertenecen). En la publicación de 1901, el único aspecto en que Acevedo Díaz modifica los enunciados está dado por la sustitución de ambos términos: “Ya en el campo, los charrúasrecelosos y ariscos parecieron vacilar un momento” (Acevedo Díaz, 2015: 57); “Aquel resto de tribu heroica coronó la loma” (Ibíd.: 59. El énfasis nos pertenece).
A su vez, la versión de 1901, emplea en dos ocasiones los mismos términos para calificar las acciones militares, que el narrador atribuye a la sola responsabilidad de Rivera: “Poco después de la bárbarahecatombe [de los charrúas] (…)” (Ibíd.: 60); "Ésta fue la última hazaña charrúa provocada por un acto de barbarie del presidente Rivera" (Ibíd: 61). Los énfasis de ambas citas, que nos pertenecen, señalan los agregados del autor para la segunda versión.
Por otra parte, el término “salvaje” es acuñado en la primera versión en dos ocasiones, una, para calificar el grito de los charrúas —“el grito salvaje” (Acevedo Díaz, 1977a: 247) — y otra, para referirse a una forma de existencia asociada al grupo, simbolizada en las plumas de ñandú que coronaban sus cabezas —“libertad salvaje” (Ibíd.: 256)—. La segunda versión mantiene el calificativo para designar la “libertad” charrúa (Acevedo Díaz, 2015: 59). En cambio, al referirse al “grito”, el autor opta por el complemento “grito charrúa” (Ibíd.: 53), que le confiere un rasgo identitario al alarido, frente a la homogeneización presente en la primera publicación, donde queda equiparado al grito atribuido genéricamente a cualquier tribu considerada “salvaje”.
Finalmente, el adjetivo “horda” se emplea en seis ocasiones, en los mismos pasajes de ambas versiones para designar al grupo de charrúas.
La tercera acepción del término “salvaje” que proporciona el Diccionario de la lengua castellana —“natural de aquellos países que no tienen cultura ni sistema alguno de gobierno” (Real Academia Española, 1884: s. v. “salvaje”)— es afín a la concepción ilustrada sobre las etapas de desarrollo de las sociedades. En este sentido, el término designa un estado social considerado primitivo, caracterizado por la proximidad a un supuesto estado natural y por la ausencia de organización política y de formas de vida cultural, como la religión o determinadas costumbres relacionadas con la alimentación y el vestido.
Por otra parte, la acepción que más se ajusta al uso dado por Acevedo Díaz del término “bárbaro”, siguiendo el mismo diccionario, es la tercera, y se vincula con la crueldad y temeridad de las personas (Real Academia Española, 1884: s. v. “bárbaro”). A su vez, la segunda acepción del término “barbarie” también remite a la crueldad y fiereza (Real Academia Española, 1884: s. v. “barbarie”). A diferencia del concepto anterior, la “barbarie” designa actos puntuales de crueldad. En el caso que analizamos, las prácticas de crueldad susceptibles de ser calificadas como bárbaras son el suplicio y mutilación nerviosa de Bernabé Rivera, las rapiñas y el vandalismo de los charrúas y la acción militar llevada adelante por Rivera que arrasó con la vida de un número considerable de miembros de esta tribu.
Finalmente, la palabra “horda” ofrece una única acepción —"Reunión de salvajes que forman comunidad y no tienen domicilio" (Real Academia Española, 1884: s. v. “horda”. El énfasis nos pertenece)—que la vincula directamente con el primero de los conceptos que abordamos.
Como ya anunciamos, la primera aparición del relato en el periódico La Época ocasionó molestias en un lector ilustrado, el coronel Modesto Polanco[GG1] [GG2] , quien días después, publicó, en el mismo medio, una carta dirigida expresamente a su autor, titulada “Los indios charrúas”. En ella, criticó que el escritor atribuyera rasgos degradantes a los charrúas, pues, a su juicio, faltaban a la verdad y atentaban contra el espíritu nacionalista, sustentado, en parte, en la incorporación de estos sujetos al imaginario nacional. Con la intención de dignificar la condición charrúa, y recurriendo a su propio testimonio, Polanco enumeró aspectos que contradecían la caracterización ofrecida por el escritor. Al hacerlo, cuestionó los elementos del relato que, conforme a la distinción conceptual de la época que acabamos de mencionar, pueden inscribirse en el campo semántico de la barbarie. En este sentido, advertimos que son justamente estos rasgos de barbarie y no los de salvajismo los que afectan la sensibilidad del coronel, aun cuando él mismo no distinguiera con precisión entre barbarie y salvajismo. Así lo demuestran estos pasajes:
Componíase su ajuar, de ropa, de dos metros de bayeta o de otra cualquiera tela burda, envuelta en cinta en forma de pollerín [...] No precisaban, tampoco, de otro abrigo; y, aunque se lo ofrecíamos, no lo querían, porque estaban connaturalizados con los elementos [...]" (Polanco, 1977: 392);
No tenían inclinación al robo, y esto lo probaron en los años que sentaron sus reales en el campo de Nadal, sin que hubieran cometido ni uno solo de esos actos en su establecimiento ni en el de ningún vecino. Tampoco tenían el hábito, como en la generalidad de las tribus salvajes, de ostentar como trofeos de guerra parte de la piel, con cabellera o sin ella, de sus vencidos [...] Pero jamás mancharon sus manos en sangre de inocentes niños, ni violaron mujeres (Ibíd.: 397. El énfasis nos pertenece).
Casi un año después de la carta de Polanco, Acevedo Díaz publica en la Revista Nacional de Buenos Aires “Etnología indígena” [7]. Aunque no se limita a eso, el artículo responde a las críticas de Polanco. En los primeros párrafos, el escritor manifiesta su compromiso histórico y se declara intransigente ante cualquier condescendencia que afecte a la “verdad histórica”. En clara referencia a la reivindicación del nacionalismo a cualquier costo promovida por Polanco, explica:
Se ha llegado hasta invocar el sentimiento de nacionalidad, como argumento admisible, para que la mentira primase sobre el recto criterio y fuera ley de conciencias en esta materia; olvidándose deplorablemente que la verdad histórica es la que honra y educa, aunque lastime susceptibilidades y evapore ridículas leyendas (Acevedo Díaz, 1977b: 409. El énfasis nos pertenece).
Este documento es una de las piezas en las que Acevedo Díaz reconoce que la principal fuente de sus composiciones de temática indígena son las Memorias de su abuelo, quien hacia 1812 estuvo en contacto directo con un colectivo charrúa y registró, con igual imprecisión terminológica que Polanco, características propias del estado de salvajismo, según los criterios etnológicos vigentes: su nomadismo, la ausencia de tradiciones, monumentos, y leyes (Figueira, 1977b: 439), su falta de religión (Ibíd.: 432), entre otras [8]. Con todo, y sin contradecir sus fuentes documentales, el escritor corregirá, en lo sucesivo, ciertos fragmentos de esta a partir de la interpelación de Polanco, tal como lo observa Joaquín Figueira (Figueira, 1977a: 17). Además de las modificaciones enumeradas por Figueira [9], hemos entrevisto dos series de alteraciones cuyo vínculo con esta pieza de Polanco es presumible.
Retomando lo expuesto más arriba, las variaciones introducidas en la versión de 1901 muestran un desplazamiento sistemático de los términos vinculados a la barbarie cuando se aplican a los charrúas. La primera modificación consiste en reemplazar el calificativo “bárbaros” por “charrúas”, y, de manera más significativa, en sustituir “resto de barbarie” por “resto de tribu heroica”. Estos cambios parecen responder directamente a las objeciones de Polanco, pues las atribuciones de barbarie dejan de recaer sobre el colectivo indígena y se trasladan —como vimos— a las acciones militares de Rivera.
En esa misma línea, la segunda modificación afecta al sintagma “grito salvaje”, que deviene “grito charrúa”. Esta sustitución, coherente con las anteriores, atenúa la carga despectiva implícita en la palabra “salvaje” y contribuye a reforzar una caracterización identitaria del grupo, más acorde con la dignificación reclamada por el propio Polanco. Además, es muy probable que el escritor haya atendido especialmente a la descripción del grito de los charrúas proporcionada por el testimonio directo de Polanco, lo que habría motivado la modificación:
Lo que más nos llamaba la atención y ensayábamos, entre los amigos que nos reuníamos allí (…) era el grito de guerra y el manejo de la honda.
Ese alarido, que atronaba los aires y que no es fácil de explicar, pero que parecía que empezaba como el bramido de un tigre, que seguía el mugido de un toro, y concluía como el toque de atención de un clarín de guerra (Polanco, 1977: 398).
Los anteriores traspasos y sustituciones terminológicas evidencian la carga semántica que adquieren los conceptos de barbariey salvajismo en Acevedo Díaz a partir de la interpelación de Polanco, los cuales se ajustan cabalmente a las definiciones ofrecidas por el Diccionario de la lengua castellana. La distinción entre ambos conceptos permite reinterpretar las prácticas charrúas que, desde la visión de Polanco, restaban dignidad a la tribu por considerarlas bárbaras: las rapiñas, la matanza y el robo de ganado, el interés charrúa por el botín de la supuesta guerra contra el Brasil y la mutilación de Bernabé. Desde la nueva concepción del escritor, las rapiñas y la matanza del ganado "ajeno", pasan a formar parte del conflicto de la convivencia entre las "sociedades salvajes" y las "civilizadas" en un mismo espacio, regido por códigos incompatibles. Tal conflicto queda expresado por una significativa yuxtaposición en el nivel discursivo del relato: “¡Eran los dueños de la tierra! Los propietarios los veían llegar cual una nube negra preñada de piedras (…)" (Acevedo Díaz, 1977a: 247; Acevedo Díaz, 2015: 53. Los énfasis nos pertenecen). De este modo, la matanza de ganado, por ejemplo, debe ser entendida como un mero acto de cacería dentro del territorio charrúa —salvajismo— en lugar de un acto de apropiación de la propiedad privada —barbarie—. Por su parte, el interés charrúa por el botín de la guerra y la mutilación de Bernabé, aunque tangenciales, forman parte de las “reglas de jus gentium” —así expresado en las dos versiones del cuento (Acevedo Díaz, 1977a: 252; Acevedo Díaz, 2015: 56)—, es decir,de los códigos bélicos del mundo civilizado: unas, vinculadas al reparto del botín, que en el caso que nos concierne, es el núcleo de la negociación; otras, vinculadas a un acto “legítimo” de justicia.
Bajo esta semántica, la acuñación de la palabra “horda” tampoco resulta problemática, pues designa al colectivo de salvajes.
Cabe agregar que si estas modificaciones evidencian una acuñación consciente de ambos conceptos —barbarie y salvajismo—, dicha concientización forma parte de un proceso reflexivo del escritor. Así, en su “Etnología indígena”, todavía utiliza ambos términos de manera intercalada:
No han faltado quienes, sin razón fundada, concediendo a la licencia poética fueros históricos, hayan negado, en absoluto, que los indios charrúas (…) practicasen otras costumbres propias de su idiosincrasia y estado de barbarie (Acevedo Díaz, 1977b: 409. El énfasis nos pertenece).
Cuando lanza la segunda versión del relato, casi once años después, el autor avanza en esta precisión que Modesto Polanco y el propio general Antonio Díaz no habían tenido en cuenta.
Muerte del coronel Bernabé Rivera
La secuencia argumental que sigue a la acción militar de Rivera, donde se narra la venganza que tomaron los charrúas con el suplicio y la muerte del coronel Bernabé Rivera tras su captura, se mantiene invariable en las publicaciones de 1890 y 1901: Bernabé persigue a un grupo de charrúas liderado por el cacique Sepe, que le tiende una emboscada al ocultarse “en lo intrincado de un monte provisto de grandes potriles” (Acevedo Díaz, 1977a: 256; Acevedo Díaz, 2015: 60), tras disponer a un pequeño grupo a la espera de su enemigo, en el Cerro de las Tres Cruces. Una vez capturado el coronel, Sepe dispone la laceración de Bernabé hasta su muerte, acto que tarda “largas horas” (Acevedo Díaz, 1977a: 258; Acevedo Díaz, 2015: 60). Consumado el sacrificio, el cacique ordenó la mutilación de “algunos nervios del cadáver” (Acevedo Díaz, 1977a: 258; Acevedo Díaz, 2015: 61) para cubrir con ellos el extremo de su lanza.
Esta versión de los hechos se apoya de manera casi literal en los manuscritos del general Antonio Díaz. Así lo demuestra el apartado IV de la “Etnología indígena”, donde Acevedo Díaz reproduce extensamente fragmentos de las Memorias de su abuelo, tomándolos como fundamento para su reconstrucción del episodio [10].
En la carta pública de Modesto Polanco, el coronel realiza dos importantes observaciones al respecto de los episodios que concluyen con la muerte de Bernabé. En primer lugar, alega que no se trató de una emboscada, sino de una estrategia de contraataque:
En el último encuentro de Yacaré Cururú, tanto esos jefes nombrados que se encontraron en él [los coroneles Juan Carballo y Juan Ángel Golfarini], oficiales subalternos, como Sepe, referían que no hubo emboscada. Al llevarles la carga el coronel Bernabé Rivera, se pronunció la derrota de los indios, poniéndose en dispersión.
De repente, el grito de guerra de Sepe hizo que rápidos como el rayo dieran media vuelta y la red de boleadoras aseguró a casi todos los que los perseguían de cerca […] (Polanco, 1977: 402. Los énfasis nos pertenecen)
En segundo lugar, desmiente el suplicio efectuado sobre el prisionero, y sugiere, en cambio, que había sido muerto antes de su captura:
Negaba también Sepe el hecho de haberlo tomado vivo, y lancearlo después, atado a un árbol. El coronel Golfarini me decía: eso nadie puede saberlo, porque el que escapó de nosotros fue gaucho (Ibíd.).
Polanco, como testigo indirecto, incorpora en su carta los testimonios de tres testigos presenciales del suceso con quienes dialogó: dos “oficiales subalternos” de la campaña militar y el cacique Sepe. Según declaró el propio Polanco, en 1857 tuvo oportunidad de conocer a un grupo de charrúas que residía en la estancia de José Paz Nadal, amigo suyo, y que era liderado, precisamente, por Sepe [11].
El testimonio de Sepe resulta fundamental, pues en el relato de Acevedo Díaz aparece como una figura decisiva en el cautiverio y sacrificio de Bernabé. Su declaración adquiere especial relevancia al contradecir las acciones que el propio escritor le atribuye. Asimismo, es significativo que Acevedo Díaz no haya modificado el episodio en la segunda publicación del cuento y que, por el contrario, haya optado por conservar la versión transmitida por su abuelo.
Cabe destacar que, antes de la publicación de 1901, Acevedo Díaz ya había abordado este punto en la “Etnología indígena”. En el capítulo IV, dedicado a los episodios de la matanza charrúa y de la muerte de Bernabé, recupera la versión alternativa mencionada por Polanco, aunque sin reconocer los aportes de este ni aludir al testimonio de Sepe que aquella contenía. En cambio, atribuye dicha versión al estudio histórico del coronel Antonio Díaz (hijo) —tío del escritor—, Historia Política y Militar de las Repúblicas del Plata, obra a la que dedica expresiones de respeto. Allí sostiene:
Otra versión sobre el hecho referido, no menciona el incidente de la emboscada, sino que presenta a los indios huyendo en dispersión, y dando cara a sus perseguidores cuando estos se habían ya fraccionado en pequeños grupos.
Según esta versión, al volver riendas los charrúas [...] el coronel Rivera a su vez volvió grupas, pero con desgracia, pues rodó su caballo. Herido ese jefe en la cabeza por golpes de bola, quedó en el acto inhabilitado y prisionero […]
Como se ve, esta relación sólo discrepa de la otra en un detalle que no afecta al fondo de la veracidad del hecho, que se halla consignada en la obra histórica del señor Antonio Díaz, teniente coronel e hijo del prócer cuyo testimonio hemos invocado [...] Por la fuente a que aquel recurrió al narrarlo, y por los datos interesantes y ciertos con que amplía y describe el episodio, también su palabra tiene autoridad y nos merece respeto (Acevedo Díaz, 1977b: 427, 428. El énfasis nos pertenece) [12].
Aunque Acevedo Díaz remite la versión de los hechos a la obra de su tío, hay una diferencia significativa entre el relato parafraseado y el que efectivamente ofrece el coronel Antonio Díaz. Este último coincide en la estrategia del contrataque charrúa, pero difiere de la descripción de la muerte de Bernabé:
Los indios conocieron que los caballos de sus perseguidores no continuarían una legua más, y que el número de estos que les perseguía se había reducido notablemente, a consecuencia de haber quedado a retaguardia porción de soldados a quienes se habían parado completamente los caballos [...]
Entonces pusieron los indios en juego su táctica salvaje [...] Los bárbaros tomaron a sus perseguidores diseminados, y empezaron a agruparse de a cuatro y cinco para matar a uno, cuyo suplicio a bolazos y lanzadas tuvo un carácter horrible.
En los momentos de tan terrible carga, Rivera volvió el caballo y trató de evitarla reuniéndose a sus soldados, pero un diluvio de boleadoras le cayó encima, y su caballo aun cuando no fue boleado, rodó a poca distancia. Rivera tuvo la suerte de salir corriendo, y ya el sargento Gabiano le arrimaba su caballo para que saltase a la grupa, cuando se pusieron encima los bárbaros [...] y empezaron a matarle a lanzadas y golpes de bola [...]
Mientras mataban los indios a Rivera gritaban en medio de una algaraza horrible [...]
Los charrúas venían mandados por el cacique Sepe y un indio llamado Bernabé, que había criado como hijo el mismo coronel Rivera, y de quien recibió este desgraciado jefe, el primer golpe de bola en la cabeza (Díaz, 1877: 91. Los énfasis nos pertenecen)
En cambio, los relatos de Polanco y del coronel Antonio Díaz (hijo) coinciden tanto en la maniobra del contraataque charrúa como en la muerte de Bernabé, ocurrida en pleno combate, y sin suplicio ni mutilación alguna, aunque en la carta del primero no aparece referencia de ningún indio llamado Bernabé. Pese a que la discrepancia “no afecta al fondo de la veracidad del hecho”, es pertinente porque en la versión de Acevedo Díaz se consignan dos prácticas —suplicio y mutilación— que, como hemos visto, Polanco entiende como signos de la barbarización charrúa.
Tal como indicamos en la “Introducción”, existen otras fuentes que reconstruyen el episodio de la muerte de Bernabé Rivera, como la carta que Manuel Lavalleja dirigió a Manuel Oribe desde Cuaró en octubre de 1848 y el último de la serie de artículos de la “Refutación”, que aparece en El Defensor de la Independencia Americana, correspondiente a la publicación del 24 de enero de 1851 (N.°552). Dichos documentos presentan variantes relevantes respecto de la narración del general Antonio Díaz. No obstante, la comparación exhaustiva de estos materiales es ajena al objetivo de este estudio.
Conclusiones
En este trabajo analizamos las variantes de dos términos vinculados a los conceptos de salvajismo y barbarieen las publicaciones del relato “La boca (Cueva) del tigre”, correspondientes a 1890 y 1901, así como las versiones del episodio de la muerte de Bernabé Rivera, que Acevedo Díaz mantiene invariable en ambos momentos.
Advertimos, en primer lugar, la sustitución sistemática de los términos “bárbaro” y “barbarie”, empleados en la primera versión para calificar al colectivo indígena, por las expresiones “charrúas” y “tribu heroica”, que aportan una valoración positiva del grupo. Por su parte, en la versión de 1901 observamos la restricción del término “salvaje” a un único uso, ligado al modo de vida no institucionalizado del grupo y simbolizado en la pluma de ñandú —arrancada a golpes mortales por la institución militar al servicio del Estado—. Esta reducción sugiere un esfuerzo por desmarcar al colectivo indígena del estado de salvajismo que se le atribuía.
Las sustituciones revelan un uso más consciente y discriminado de los conceptos de salvajismo y barbariepor parte de Acevedo Díaz. Con todo, este desplazamiento terminológico no debe interpretarse como un cambio ideológico profundo, sino como una maduración discursiva generada, en buena medida, por la interpelación de Modesto Polanco. Las objeciones del coronel actuaron como un verdadero detonante para que Acevedo Díaz revisara las categorías empleadas en su relato, aun cuando su concepción general sobre el “estado de salvajismo” de los charrúas permaneciera sustancialmente intacta.
La suma de estas variantes permite una reinterpretación de las acciones del grupo, que dejan de vincularse a la barbarie—en el sentido de crueldad gratuita— para contextualizarse dentro de las lógicas propias del “estado de salvajismo”. En cambio, los actos que en la segunda versión son calificados como “bárbaros” provienen exclusivamente de las campañas militares de Rivera. Esta redistribución altera la asimetría moral entre ambos bandos y recae únicamente sobre la figura individual de Rivera —y no sobre el conjunto de militares—.
Constatamos el compromiso invariable del escritor con la “verdad histórica” en dos momentos. El primero, en “Etnología indígena”, cuando rechaza sacrificar la verdad en nombre del patriotismo, actitud que lo mantiene a distancia de posiciones idealizantes respecto de los charrúas. El segundo, al sostener sin modificaciones la versión de la muerte de Bernabé Rivera en ambas publicaciones del cuento, basándose en las Memorias del general Antonio Díaz, aun cuando existan testimonios disonantes de igual proximidad a los hechos. Esta invariabilidad evidencia, además de su compromiso con la historia, el grado de fidelidad que mantiene con esa fuente primaria, a la que atribuye mayor legitimidad.
Finalmente, la lectura comparada de ambas versiones demuestra que las modificaciones —y también los aspectos invariables— pueden comprenderse cabalmente dentro de un tejido intertextual más amplio, constituido, en el caso de Acevedo Díaz, por las Memorias del general Antonio Díaz, el extenso trabajo del coronel Antonio Díaz (hijo) y la interpelación directa de Modesto Polanco.
Notas
[1] Trabajo para defender la aprobación del curso “Eduardo Acevedo Díaz: ficción, crónica, historia”—julio-agosto de 2025—, a cargo del Dr. Pablo Rocca, en el marco de la Maestría en Ciencias Humanas opción Literatura Latinoamericana.
[2] En adelante. “Etnología indígena”.
[3] De aquí en más, “Refutación”. La “Refutación” fue publicada por primera vez de manera completa en 2020, en la edición de Ana Inés Rodríguez, bajo la supervisión de Pablo Rocca, con el título Una Nueva Troya. Refutación a Una Nueva Troya.
[4] Por su parte, en la edición de Ulises (2015) de los Cuentos completos de Eduardo Acevedo Díaz, Pablo Rocca incluye la versión de 1901, “La cueva del tigre”, con un registro de todas las variantes del relato.
[5] Nos remitiremos a la edición del Boletín Histórico del Ejército (1977a) —para el relato de 1890— y a la de Cuentos completos (ed. Pablo Rocca, 2015) —para el de 1901—.
[6] Como ambas ediciones conservan las mismas definiciones para los términos examinados, tomaremos como referencia la de 1884 en las citas.
[7] El artículo se publicó con el mismo título en La Época, los días 7, 8 y 9 de agosto de 1891. Hasta donde se sabe, no promovió una nueva respuesta del coronel Polanco. Pese a tratarse de una pieza muy relacionada con el relato que venimos analizando, su estudio detenido escapa a los límites de este trabajo.
[8] El lugar donde el general Antonio Díaz tuvo el primer contacto con un colectivo charrúa fue en la costa del Santa Lucía Grande, concretamente, en el Arroyo Arias, en la estancia de Tomás García de Zúñiga. Posteriormente, mantuvo conversaciones con una cautiva charrúa que era parte de la servidumbre familiar. Durante la Guerra Grande, tuvo a su mando a tres soldados charrúas en Salto. Las referencias aparecen consignadas en el Capítulo II de la “Etnografía indígena”, como citas directas de las Memorias del mencionado general Antonio Díaz (Acevedo Díaz, 1977b: 412).
[9] Sobre este aspecto, puede consultarse, entre otros, el capítulo titulado “Influencias de las críticas del coronel don Modesto Polanco sobre la obra acevediana en general” (Figueira, 1977a: 103-105).
[10] Entre los manuscritos de las Memorias del general Antonio F. Díaz que hemos consultado, la denominada Hoja G (Figueira, 1977b: 445-447) coincide casi totalmente con los pasajes citados por Acevedo Díaz en su artículo.
[11] Joaquín Figueira, quien realiza un seguimiento muy cercano de los hechos históricos, no cuestiona en ningún momento la veracidad de este encuentro.
[12] Nos corresponde aclarar que, al igual que en los apartados II y III, en este apartado, Acevedo Díaz recurre a citas atribuidas al general Antonio Díaz, además de incorporar fragmentos que están presentes en “La Boca del Tigre”.
Referencias
Acevedo Díaz, E. (1911). Exterminio de una raza. La Boca del Tigre. Año XXXII. En Épocas militares de los países del Plata (pp. 405–423). Martín García.
______. (1977a). La Boca del Tigre. En Boletín Histórico del Ejército (Nos. 193–196, pp. 247–258). Estado Mayor del Ejército, Departamento de Estudios Históricos.
______. (1977b). Etnología indígena: la raza charrúa a principios de este siglo. En Boletín Histórico del Ejército (Nos. 193–196, pp. 407–428). Estado Mayor del Ejército, Departamento de Estudios Históricos.
______. (2015). La Cueva del Tigre. En Cuentos completos (pp. 53–69). Ediciones Ulises.
Díaz, A. (1877). Historia Política y Militar de las Repúblicas del Plata (Tomo II). Editores Hoffmann y Martínez.
Dumas, A., y Redactores de El Defensor de la Independencia Americana. (2020). Una Nueva Troya. Refutación a Una Nueva Troya. Librería Linardi y Risso.
Figueira, J. (1977a). Eduardo Acevedo Díaz y los aborígenes del Uruguay (Tomo I). Estado Mayor del Ejército, Departamento de Estudios Históricos.
______. (1977b). Documento N° XI. De las «Memorias» del brigadier general Antonio Felipe Díaz: Los apuntes manuscritos de este distinguido cuanto esclarecido militar sobre los indios Charrúas del Uruguay (¿1861–1869?). En Boletín Histórico del Ejército (Nos. 193–196, pp. 429–447). Estado Mayor del Ejército, Departamento de Estudios Históricos.
Polanco, M. (1977). Los indios Charrúas. En Boletín Histórico del Ejército (Nos. 193–196, pp. 389–406). Estado Mayor del Ejército, Departamento de Estudios Históricos.
Real Academia Española. (1884). Diccionario de la lengua castellana (12ª ed.). Imprenta de Gregorio Hernando.
Imagen extraída de https://www.gub.uy/ministerio-educacion-cultura/academia-nacional-letras/eduardo-acevedo-diaz
